Los finales felices, sí existen

Los finales felices sí existen.

No os preocupéis, no voy a decir vuestros nombres ni nada que os pueda identificar. No pretendo hundiros la vida. Al contrario, ojalá la vida os haya llevado por mejor camino y os haya hecho mejores personas. No os guardo rencor, porque ya he trascendido la posición de víctima.

Gracias a eso he podido seguir caminando. A día de hoy recuerdo ese episodio como doloroso, como una prueba de fuego de tantas que he superado y que todavía voy a tener que enfrentar en la vida. Pero el dolor está en el pasado. En el presente solo siento comprensión y compasión. Por vosotras y por mí.

Estábamos en cuarto de la ESO y teníamos 15 años. Ya sabéis el nexo que nos unía: un instituto marginal. Yo, una chica diferente, empollona y la “superdotada” de la clase, y con una escala de valores muy alta. Y vosotras, que me acosabais. Intentasteis por todos los medios hacer de mi día a día un infierno, pero no os quedó más remedio que terminar engullendo toda la envidia, que era
vuestra motivación principal.

Después de la denuncia interna que puse en el centro y la investigación que se hizo os expulsaron dos días. Algo testimonial teniendo en cuenta el daño psicológico que me habíais causado y el dinero que mis padres se gastaron un año entero en terapia
psicológica para mí, puesto que presenté síntomas depresivos durante aquella época.

Lo sabíais: el próximo paso por mi parte sería denunciar, pero esta vez en una comisaría. Y no os interesaban más antecedentes penales. Por lo tanto, la única opción que os quedó fue parar en seco.
Eso sí, el móvil y el I-Pod me lo robasteis en un despiste mío como venganza por hablar y no agachar la cabeza. Puse la denuncia por el robo, pero al no tener pruebas no quise decir vuestros nombres.

Por supuesto, el tutor intervino, pero lo mínimo posible para cumplir con el expediente. Incluso en privado me dijo, literalmente: “Como estudiante eres sobresaliente, pero no has sabido gestionar la situación. Te falta madurar mucho.” Evidentemente, para él hubiera sido más sencillo no verse implicado, pero cargar la responsabilidad de la situación a alguien que está siendo víctima de acoso creo que no debería entrar el manual de ningún docente.
Por otro lado, el jefe de estudios se reunió con “ambas partes”: yo, acosadoras, y testimonios. En una de las reuniones que tuvo conmigo me dio un discurso normalizando el acoso escolar. Decía que él cuando estudiaba también lo había vivido y que era normal, que había pasado toda la vida y había que aprender a convivir con él. Y esto me lo dijo alguien contra quien también estaba abierta
una investigación interna por someter a acoso laboral a una de sus subordinadas en el centro.

Por cierto, por aquel entonces eran los años en que el ciberacoso estaba empezando a través de la redes sociales. Mi principal acosadora me envío una solicitud de amistad al Faceboook, solicitud que evidentemente yo denegué. Estaba claro que solo pretendía extender el acoso a esa red social. A los dos días me vino a exigir explicaciones de por qué la había rechazado.

Me puse a investigar en su perfil y en el de su amiga, la principales acosadoras. No tenían los filtros de privacidad bien configurados. Me encontré con una publicación en tono de humillación en la que estaba claro que estaba hablando sobre mí. No lo pude utilizar como prueba de lo que estaba pasando porque no decía explícitamente mi nombre. Pero al entrar en el perfil de la otra acosadora
principal sí que encontré material que me sirvió para demostrar lo que estaba pasando: una publicación y un cruce de comentarios hablando de mí y de mi mejor amiga. No solo participaban las dos principales, sino también muchas más compañeras de clase.

Había insultos de todo tipo dirigidos a nosotras, y estaban planeando hacernos fotos a escondidas en el vestuario de gimnasia en
las que saliéramos sin ropa y difundirlas sin nuestro consentimiento. De esta conversación sí que hice capturas de pantalla, las imprimí y lo presenté como prueba de lo que estaba pasando. Por supuesto, el tutor lo verificó en su propio Facebook, para descartar que lo hubiera falsificado yo.
Me dijo que solo lo tendría en cuenta si él podía verlo desde su propio Facebook. En fin…
Evidentemente lo vio, y ya no tuvo más remedio que intervenir.
También quisieron agredirme físicamente a la salida del instituto. Me avisó una compañera de clase.
Ese día tuve que salir escoltada en medio de mi grupo de amigos. Pero yo lo tenía claro: si me tocaban, se acababa el cuento para ellas. La legítima defensa es algo a lo que todos tenemos derecho a recurrir, y yo no me iba a quedar de brazos cruzados. Y por supuesto, la denuncia hubiera sido inmediata.

Por suerte, hubo muchos profesores que se implicaron de corazón, e incluso algunos compañeros y amigos que me defendieron. Sobre todo mis amigos. Sin su cariño no hubiera podido sobrellevar la situación.
Mientras el tutor lo gestionaba yo decidí que no iba a volver al instituto hasta que eso se resolviera.
No tenía por qué aguantar más. Me quedé en casa varios días, que para mí fueron un alivio y un descanso.
En el transcurso del episodio de acoso, que duró varios meses, escuché claramente como se preguntaban cómo es que nunca me habían visto llorar. Evidentemente, lloraba, pero en mi casa.


Mis lágrimas era algo que no les pertenecía a ellas, y no iban a tener el gusto de verlas, y menos por su causa. Fue un pequeño triunfo personal.
Pero el mayor triunfo fue mi estrategia: me refugié en los estudios hasta el punto de que si ya sacabas notas altas, todavía se dispararon más. Y ellas rabiaban y hacían comentarios envidiosos delante mío cada vez que los profesores decían en voz alta las notas de los exámenes.
Y cuando a final de curso nos dieron las notas finales el resultado fue el siguiente: para mí, la media más alta de la clase. Para una de ellas, suspenso en muchas asignaturas y orden de repetición de curso. Para su amiga, tuvo que ir a varias recuperaciones.
¿Qué pasó de allí en adelante?… La que había repetido, terminó la ESO un año después y se apuntó a hacer el Bachillerato. Suspendió tantas el primer curso que lo abandonó y optó por una FP de Grado Medio relacionado con el cuidado directo de las personas. La que tuvo que ir a varias recuperaciones, las superó y también hizo una FP de Grado Medio relacionado con el cuidado directo de las personas, igual que su amiga. Este es otro punto a reflexionar, ya que teniendo en cuenta su escala de valores (que difícilmente se modifica) en mi opinión han optado por una profesión que a priori no es apta para ellas. Aunque quién sabe, tal vez les sirva para trabajar ciertos aspectos de sí mismas y mejorar como personas.
¿Y yo? Yo hice Bachillerato, y lo terminé con matrícula de honor. Pasé la selectividad y entré en la carrera de mis sueños: Psicología. Allí por primera vez sentí que había encontrado mi lugar en el mundo. Lo que pasó más adelante es otro capítulo de mi vida que todavía estoy escribiendo. Solo diré que los finales felices sí existen.


PD: Dedicado a todas aquellas personas que han sido o están siendo víctimas de acoso escolar. Sois Aves Fénix en potencia. Y todos y cada uno de vosotros tenéis la capacidad de resurgir de las cenizas y volar.

Sofía

Post Relacionados

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 16 suscriptores

Sígueme en Twitter

Abrir chat
1
Hola ¿Puedo ayudarte?
Hola, ¿cómo puedo ayudarte?